Text de la presentació del llibre a la Biblioteca Pública
Arús, de Barcelona
[Barcelona 18/03/2015]
Text de la presentació de ‘LA GUERRA DEL PAN’ per l’autor,
Agustín Guillamón, ahir dimecres a la Biblioteca Pública Arús, de Barcelona.
--
El combate de los
trabajadores por conocer su propia historia es un combate, entre otros muchos
más, de la guerra de clases en curso. No es puramente teórico, ni abstracto o
banal, porque forma parte de la propia conciencia de clase, y se define como
teorización de las experiencias históricas del proletariado internacional, y en
España debe comprender, asimilar y apropiarse, inexcusablemente, las
experiencias del movimiento anarcosindicalista en los años treinta.
La Historia
Sagrada de la burguesía tiene por misión mitificar los nacionalismos, la
democracia liberal, y la economía capitalista, para convencernos de que son
eternos, inmutables e inamovibles. Un presente perpetuo, complaciente y
acrítico banaliza el pasado y destruye la conciencia histórica.
Facilitar el
camino a ese aprendizaje, fundamentado en las experiencias históricas del
proletariado, es el objetivo de todos y cada uno de mis libros, en los que
siempre se intenta dar la voz a los protagonistas de la historia, y respetar el
criterio del lector, advirtiéndole siempre cuando se encuentra ante una opinión
del autor, señalada en cursivas, que el lector no tiene por qué compartir.
En la charla de
hoy se explicará el origen de los comités de defensa de la CNT, su
transformación en comités revolucionarios, su posterior hibernación en
diciembre de 1936, y su enfrentamiento con Comorera, secretario general del
PSUC en la guerra del pan de diciembre de 1936 a mayo de 1937.
Así, pues, vamos
a presentar primero de todo a un protagonista de la historia que la historia
sagrada de la burguesía suele ocultar o desconocer.
¿Qué era un
Comité de Defensa (CD)?
Los comités de
defensa eran la organización militar clandestina de la CNT, financiada por los
sindicatos y su acción estaba subordinada a éstos. No eran una organización de
la FAI.
En octubre de
1934, el Comité Nacional de los Comités de Defensa abandonó la vieja táctica de
los grupos de acción, en favor de una seria y metódica preparación
revolucionaria. Elaboró una ponencia en la que se afirmaba esto: “No hay
revolución sin preparación. Hay que acabar con el prejuicio de las
improvisaciones. Ese error, de la confianza en el instinto creador de las
masas, nos ha costado muy caro. No se procuran, como por generación espontánea,
los medios de guerra inexcusables para combatir a un Estado que tiene
experiencia, fuerte armamento y mayor capacidad ofensiva y defensiva”.
El grupo de
defensa básico, debía ser poco numeroso, para facilitar su clandestinidad y
agilidad. Debía estar formado por seis militantes, con funciones muy específicas:
Un secretario
encargado del: contacto con otros cuadros, la creación de nuevos grupos y la
elaboración de informes.
Un segundo
militante encargado de la investigación de personas, para determinar la
peligrosidad de los enemigos: curas, militares, pistoleros del Libre, marxistas
y otros.
Un tercero para la investigación de edificios,
levantar planos y elaborar estadísticas.
Un cuarto para el
estudio de los puntos estratégicos y tácticos de la lucha callejera.
Un quinto
militante para el estudio de los servicios públicos: luz, aguas, gas,
alcantarillado.
Y un sexto para
investigar dónde obtener armas, dinero y alimentos.
A esa cifra ideal
de seis, podía sumarse algún miembro más para cubrir tareas “de sumo relieve”.
La clandestinidad debía ser absoluta. Eran los núcleos básicos de un ejército
revolucionario, capaces de movilizar a grupos secundarios más numerosos, y
éstos, a su vez, a todo el pueblo.
Su ámbito de
acción era una demarcación muy precisa dentro de cada barrio, señalada sobre
plano. En cada barrio se constituía un Comité de Defensa de la barriada, que
coordinaba todos esos cuadros de defensa, y que recibía un informe mensual de
cada uno de los secretarios de grupo.
La organización
de los comités de defensa a escala regional y nacional, encuadraba a aquellos
sectores de trabajadores, como ferroviarios, conductores de autocar,
trabajadores de teléfonos y telégrafos, carteros y en fin, todos los que por
características de su profesión u organización, abarcaban un ámbito nacional,
destacando la importancia de las comunicaciones en una insurrección
revolucionaria. Se dedicaba un cuidado especial al trabajo de infiltración,
propaganda y captación de simpatizantes en los cuarteles.
Las funciones
esenciales de los comités de defensa eran dos: armas e intendencia, en el
sentido amplio de la palabra.
Los CD podían
considerarse como la continuidad, reorganización cualitativa y extensión de los
grupos de acción y autodefensa armada de los años del pistolerismo (1917-1923).
¿Cómo se pasó de
los grupos de acción a los cuadros de defensa?
En enero de 1935
los grupos anarquistas Indomables, Nervio, Nosotros, Tierra Libre y Germen, en
el Pleno de la Federación Local de Grupos Anarquista de Barcelona fundaron, el
Comité Local de Preparación Revolucionaria.
Frente a un
panorama histórico, realmente desolador; el auge del fascismo en Italia, del
nazismo en Alemania, del estalinismo en la Unión Soviética, de la depresión
económica con un paro masivo y permanente en Estados Unidos y Europa; la
ponencia elaborada en ese Pleno, oponía la esperanza del proletariado
revolucionario.
Decía la
Ponencia: “En la quiebra universal de las ideas, partidos, sistemas, sólo queda
en pie el proletariado revolucionario con su programa de reorganización de las
bases de trabajo, de la realidad económica y social y de la solidaridad”.
La Ponencia
criticaba la vieja táctica de la gimnasia revolucionaria y de la improvisación
de las insurrecciones de enero de 1932 y enero y diciembre de 1933 con estas
palabras: “La revolución social no puede ser interpretada como un golpe de
audacia, al estilo de los golpes de estado del jacobinismo, sino que será
consecuencia y resultado del desenlace de una guerra civil inevitable y de
duración imposible de prever”.
Dieciocho meses
antes del 19 de Julio del 36, la preparación revolucionaria para una larga
guerra civil exigía nuevos desafíos, impensables en la vieja táctica de los
grupos de choque. Decía la Ponencia: “Dado que no es posible disponer de
antemano de los stocks de armas necesarios para una lucha sostenida, es preciso
que el Comité de preparación estudie el modo de transformar en determinadas
zonas estratégicas las industrias […], en industrias proveedoras de material de
combate para la revolución”.
De los grupos de
acción y de choque para la práctica de la gimnasia revolucionaria, anteriores a
1934, se había pasado a la formación de cuadros de información y combate,
considerados como células básicas de un ejército revolucionario, capaz de
derrotar al ejército y sostener una guerra civil.
¿Podían los
anarquistas tomar el poder?
Durante el primer
semestre de 1936 el grupo Nosotros se enfrentó al resto de grupos de la FAI, en
Cataluña, en agrios debates sobre dos concepciones fundamentales, en un momento
en el que se conocían con certeza los preparativos militares para un cruento
golpe de Estado. Esos dos conceptos eran la “toma del poder” y el “ejército
revolucionario”. El pragmatismo del grupo Nosotros, más preocupado por las
técnicas insurreccionales que por los tabúes, chocaba frontalmente con los
prejuicios ideológicos de otros grupos faistas, esto es, con el rechazo a lo
que denominaban “dictadura anarquista” y un profundo antimilitarismo, que lo
dejaba todo a la espontaneidad creativa de los trabajadores.
Este duro ataque
a las “prácticas anarco-bolcheviques” del grupo Nosotros se expresó ampliamente
en la revista Más Lejos, que en su primer número, de abril de 1936, preguntaba:
“¿Pueden los anarquistas, en virtud de tales o cuáles circunstancias, y
VENCIENDO TODOS LOS ESCRÚPULOS, disponerse a la toma del Poder, en cualquiera
de sus formas, como medio de acelerar el ritmo de su marcha hacia la
realización de la Anarquía?”
Casi todos
respondieron negativamente. Y en ese “todos” estaba desde Federica Montseny
hasta Camilo Berneri. Pero ninguna respuesta ofrecía una alternativa práctica a
esa negativa generalizada a tomar el poder. Teoría y práctica anarquistas
parecían divorciadas, en vísperas del golpe de Estado militar.
En el Pleno de
Grupos Anarquistas de Barcelona, reunido en junio de 1936, García Oliver expuso
que la organización de los cuadros de defensa, coordinados en comités de
defensa de barrio, en la ciudad de Barcelona, eran el modelo a seguir,
extendiéndolos a toda España, y coordinando esa estructura a nivel regional y
nacional, para constituir un ejército revolucionario del proletariado. Ese
ejército debía complementarse con la creación de unidades guerrilleras de cien
hombres. Muchos militantes se oponían a las concepciones de García Oliver,
confiando más en la espontaneidad de los trabajadores que en la disciplinada
organización revolucionaria. Las convicciones antimilitaristas de muchos grupos
de afinidad, produjeron un rechazo casi unánime de las tesis del grupo
Nosotros, y muy especialmente de García Oliver. [Como anécdota podemos recordar
que en el Congreso de Zaragoza, en mayo del 36, Cipriano Mera había preguntado
a García Oliver de qué color quería los entorchados, y pocos meses después fue
Mera quien llevó galones].
¿Cómo se
transformaron esos Comités de Defensa en Milicias Populares y comités revolucionarios
de barrio?
El 19 de julio de
1936, la guarnición militar de Barcelona contaba con unos seis mil hombres,
frente a los casi dos mil de la guardia de asalto y los doscientos “mossos
d´esquadra”. La guardia civil, que nadie sabía con certeza por el lado que se
decantaría, contaba con unos tres mil. La CNT-FAI disponía de unos veinte mil
militantes, organizados en comités de defensa de barriada, dispuestos a empuñar
las armas. Se comprometía, en la comisión de enlace de la CNT con la Generalidad
y los militares leales, a parar a los golpistas con sólo mil militantes
armados.
Hubo una doble
TRANSFORMACIÓN de esos cuadros de defensa. La de las Milicias Populares, que
definieron en los primeros días el frente de Aragón, instaurando la
colectivización de las tierras en los pueblos aragoneses liberados; y la de los
comités revolucionarios que, en cada barrio de Barcelona, y en muchos pueblos
de Cataluña, impusieron una “nueva situación revolucionaria”.
El auténtico
poder de ejecución y resolución estaba en la calle, era el poder del
proletariado en armas, y lo ejercían los comités locales, de defensa y de
control obrero, expropiando espontáneamente fábricas, talleres, edificios y
propiedades; organizando, armando y transportando al frente los grupos de
milicianos voluntarios que previamente habían reclutado; quemando iglesias o
convirtiéndolas en escuelas o almacenes; formando patrullas para extender la
guerra social; guardando las barricadas, ahora fronteras de clase, que
controlaban el paso y manifestaban el poder de los comités; poniendo en marcha
las fábricas, sin amos ni directivos, o reconvirtiéndolas para la producción
bélica; requisando coches y camiones, o alimentos para el comité de abastos;
recaudando impuestos revolucionarios y financiando pobras públicas para paliar
el paro; sustituyendo a los caducos ayuntamientos republicanos, imponiendo en
cada localidad su absoluta autoridad en todos los dominios, sin atender órdenes
de la Generalidad, ni del Comité Central de Milicias Antifascistas (CCMA). La
situación revolucionaria se caracterizaba por una atomización del poder.
En Barcelona los
comités de defensa, transformados en comités revolucionarios de barrio crearon
una red de Comités de abastos en cada barrio, que se coordinaron en un Comité Central
de Abastos de la ciudad, en el que adquirió notable presencia el Sindicato de
Alimentación.
El 21 de julio,
un Pleno de Locales y Comarcales había renunciado a la toma del poder,
entendida como dictadura de los líderes anarquistas, y no como imposición,
coordinación y extensión del poder que los comités revolucionarios ya ejercían
en la calle. Se decidió crear un CCMA, ORGANISMO DE COLABORACIÓN DE CLASES en
el que participaban todas las organizaciones antifascistas.
POR UN LADO EL
CCMA y los comités superiores cenetistas (que habían renunciado a todo), por el
otro los comités revolucionarios de barrio (que no habían renunciado a nada).
El 24 habían
partido las dos primeras columnas anarquistas, al mando de Durruti y Ortiz.
Durruti hizo un discurso por radio en el que alertaba sobre la necesidad de
estar vigilantes ante una posible intentona contrarrevolucionaria. Había que
congelar la situación revolucionaria en Barcelona, para “ir a por el todo”
después de tomar Zaragoza.
El Pleno Regional
del día 26 confirmó, por unanimidad, que la CNT seguiría manteniendo la misma
posición, aprobada ya el 21 de julio, de participar en ese nuevo organismo de
colaboración de clases llamado CCMA. Ese mismo pleno del día 26 creó una
Comisión de Abastos, dependiente del CCMA, a la que debían someterse los
distintos comités de abastos surgidos por doquier, y ordenaba al mismo tiempo
un fin parcial de la huelga general. El resumen de los principales acuerdos
alcanzados en este Pleno se editó en forma de Bando, para su general
conocimiento y acatamiento.
El CC de Abastos
era una institución fundamental, que aseguraba un requisito indispensable para
unos obreros voluntarios que abandonaban sus puestos de trabajo para ir a
combatir al fascismo en Aragón: asegurar en su ausencia la alimentación de unos
familiares que dejarían de percibir el semanal del que vivían. De ahí la
necesidad de los comedores populares gratuitos.
¿Qué fueron las
Patrullas de Control?
Entre el 19 de
julio y mediados de agosto de 1936 se crearon las patrullas de control como
policía revolucionaria dependiente del CCMA.
Sólo la mitad
aproximada de los patrulleros tenía carné de la CNT, o eran de la FAI; la otra
mitad estaba afiliada al resto de organizaciones componentes del CCMA: POUM,
Esquerra Republicana de Cataluña (ERC) y PSUC, fundamentalmente. Sólo cuatro
delegados de sección, sobre los once existentes, eran de la CNT: los de Pueblo
Nuevo, Sants, San Andrés (Armonía) y Clot; otros cuatro eran de ERC, tres del
PSUC y ninguno del POUM.
Las Patrullas de
Control dependían del Comité de Investigación del CCMA, dirigido por Aurelio
Fernández (FAI) y Salvador González (PSUC). Su sección Central estaba en el
número 617 de la Gran Vía, dirigida por los dos delegados de Patrullas, esto
es, José Asens (FAI) y Tomás Fábregas (Acció Catalana). La nómina de los
patrulleros, de 10 pesetas diarias, era abonada por el gobierno de la
Generalidad. Aunque en todas las secciones se hacían detenciones, y algunos
detenidos eran interrogados en la antigua Casa Cambó, la prisión central estaba
en el antiguo convento de monjas clarisas de San Elías.
La Hibernación de
los comités de defensa en diciembre de 1936 y su reorganización en marzo de
1937
De finales de
noviembre a primeros de diciembre de 1936, la Federación Local de Sindicatos
únicos de Barcelona debatió el papel que debían asumir los comités de defensa
en Barcelona.
La Federación
Local impuso una visión estrictamente sindical, que no veía con buenos ojos la
importancia adquirida, en los barrios, por los comités de defensa y los comités
de abastos. Consideraban que sus funciones, superada la insurrección
revolucionaria y su posterior etapa, de carácter excepcional, eran
provisionales y, en todo caso, debían ser asumidas, ya, por los sindicatos.
En
noviembre/diciembre de 1936, los comités de defensa eran un estorbo para la
política gubernamentalista de los comités superiores cenetistas; y se imponía,
por lo tanto, su hibernación y sumisión a los sindicatos, como meros anexos
armados, un tanto molestos e inútiles. Si ya estaban las Patrullas de Control,
con preponderancia cenetista, ¿para qué seguir sosteniendo financieramente los
CD?
El problema
fundamental, era la desobediencia generalizada a las consignas de desarme, de
modo que el CR constató, según sus propias palabras, que “las barriadas las
tenemos como nuestros peores enemigos”. Los comités de defensa entraron en un
período de hibernación.
En el frágil
equilibrio político y armado, existente en la primavera de 1937 en la
retaguardia barcelonesa, el incremento y amenaza de las fuerzas represivas
burguesas tendía claramente al monopolio de la violencia. El decreto de la
Generalidad del 4 de marzo de 1937 ordenaba la pronta disolución de las
Patrullas de Control, al tiempo que creaba un Cuerpo único de Seguridad
(formado por la Guardia civil y la Guardia de Asalto). Ante esto, los
sindicatos decidieron reorganizar los comités de defensa, en los barrios, para
preparar un enfrentamiento que les parecía, ya, inevitable.
Desastroso
BALANCE del CCMA a su disolución el 1 de octubre: militarización de las
milicias, decreto de colectivizaciones y disolución de los comités locales. El
17 de diciembre se proclama el segundo gobierno. Caen Nin y Joan Pau Fábregas.
La "guerra
del pan" de Comorera contra los comités de barrio
El 20 de
diciembre de 1936, Joan Comorera (PSUC), consejero de Abastos, pronunció un
importante discurso, en catalán, en la sala del Gran Price de Barcelona, que
fue la declaración de la guerra del pan a los comités de barrio.
Comorera
argumentó la necesidad de un gobierno fuerte, de plenos poderes, capaz de hacer
cumplir unos decretos que no se quedasen siempre en papel mojado, como había
sucedido con el primer gobierno Tarradellas, en el que participó Nin por el
POUM. Un gobierno fuerte, capaz de llevar a cabo una política militar
eficiente, que agrupara todas las fuerzas existentes en el frente.
Comorera
atribuía, la carencia y el encarecimiento de alimentos a la existencia de los
comités de defensa, no al acaparamiento y especulación de los mayoristas y
tenderos. Era el discurso que justificaba y explicaba el eslogan de las
pancartas y octavillas de las manifestaciones de mujeres de fines del año 1936
y comienzos de 1937: “más pan y menos comités”, promovidas y manipuladas por el
PSUC. Era evidente el enfrentamiento entre dos políticas de Abastos opuestas,
la del PSUC y la del Sindicato de Alimentación de la CNT. El Sindicato de
Alimentación, a través de los trece almacenes de abastos de las barriadas,
custodiados por los comités revolucionarios de barrio, suministraba
gratuitamente alimentos a los comedores populares, donde podían acudir los
parados y sus familiares, y sostenían además centros de atención a los refugiados
que, en abril de 1937, en Barcelona, ascendían ya a 220.000 personas. Era una
red de abastos que rivalizaba con los detallistas, que sólo obedecían a la ley
de la oferta y la demanda, y que intentaba, sobre todo, evitar el
encarecimiento de los productos, ya que el alza de precios los hacía
inasequibles a los trabajadores, y, por supuesto, a parados y refugiados. El
mercado negro era el gran negocio de los detallistas, que realizaban excelentes
ganancias gracias al hambre (literalmente) de la mayoría. La guerra del pan de
Comorera contra los comités de abastos de las barriadas, no tenía otro objetivo
que el de arrebatar a los comités de defensa cualquier parcela de poder, aunque
esa guerra implicase el desabastecimiento de Barcelona y la penuria alimenticia.
Comorera finalizó
su discurso con un llamamiento a la responsabilidad de todas las
organizaciones, en aras a conseguir una férrea unidad antifascista. Para
comprender el discurso de Comorera es necesario tener en cuenta la estrategia,
propugnada por Gerö, de efectuar una política SELECTIVA frente al movimiento
anarquista, que consistía en integrar a los dirigentes en el aparato de Estado,
al mismo tiempo que se practicaba una bestial represión de los sectores
revolucionarios, calificados infamantemente como incontrolados, gángsteres,
asesinos, agentes provocadores e irresponsables; que Comorera identificaba muy
claramente en los comités de defensa.
Los almacenes de
abastos de los comités de barrio controlaban qué, cómo, cuánto y a qué precio
de venta al público se aprovisionaba a los detallistas, una vez satisfechas las
necesidades “revolucionarias” del barrio, esto es, de enfermos, niños, parados,
comedores populares, etcétera. Comorera propugnaba la desaparición de esos
comités revolucionarios de barrio y el libre mercado. Sabía, además, que una
cosa implicaba la otra, y que, sin la supresión de los comités de defensa, el
libre mercado sería una quimera.
Un abastecimiento
racional, previsor y suficiente de Barcelona, y Cataluña, hubiera supuesto
ceder a las pretensiones del Consejero de Economía cenetista, Fábregas, que de
octubre a diciembre de 1936 batalló inútilmente, en las reuniones del Consejo
de la Generalidad, por conseguir el monopolio del comercio exterior, ante la
oposición del resto de fuerzas políticas. Mientras tanto, en el mercado de
cereales de París, diez o doce mayoristas privados competían entre sí,
encareciendo las compras. Pero ese monopolio del comercio exterior, que ni
siquiera era una medida de carácter revolucionario, sino sólo apropiada a una
situación bélica de emergencia, atentaba contra la filosofía del libre mercado,
propugnada por Comorera.
Había un hilo que
relacionaba las colas del pan en Barcelona con la irracional competencia de los
mayoristas en el mercado de cereales de París. Hilo que se hubiera roto con el
monopolio del comercio exterior. Con la política de libre mercado de Comorera
se consolidó. Pero además el PSUC alentó la especulación de los tenderos, que
implantaron una auténtica dictadura sobre el precio de todos los alimentos,
enriqueciéndose con el hambre de los trabajadores.
¿Cómo y por qué
esos Comités de Defensa se radicalizaron en abril del 37?
El domingo, 11 de
abril, en el mitin de la plaza de toros La Monumental, se vieron pancartas que
exigían la libertad de Maroto y de los numerosos presos antifascistas, en su
mayoría cenetistas. Federica Montseny fue abucheada y silbada. Los gritos
favorables a la libertad de los presos arreciaron, una y otra vez. Los comités
superiores culpabilizaron del “sabotaje” a la Agrupación de Los Amigos de
Durruti. Federica, muy molesta, amenazó con no volver a dar un mitin en
Barcelona.
El lunes, 12 de
abril de 1937, se desarrolló, en la Casa CNT-FAI, una sesión del pleno local de
Grupos Anarquistas de Barcelona, con asistencia de los grupos de Defensa
confederal y de las Juventudes libertarias que acordó retirar a todos los
cenetistas de cualquier cargo en los estamentos antifascistas gubernativos, ir
a la formación de un Comité revolucionario para la coordinación de la lucha
armada y socializar inmediatamente la industria, el comercio y la agricultura.
Esta reunión se
le había escapado de las manos a la burocracia. En ese Pleno habían intervenido
los Comités de Defensa de Barcelona, o lo que es lo mismo, la delegación de los
comités revolucionarios de barriada, y también las Juventudes Libertarias,
radicalizando, sin duda, los acuerdos tomados.
Y esa FAI de
Barcelona, junto a las secciones de defensa de los comités revolucionarios de
barrio y las Juventudes Libertarias, pese al escándalo y la histérica oposición
de algunos burócratas presentes, como Toryho, había decidido terminar con el
colaboracionismo, retirar a los consejeros (ministros) anarquistas del gobierno
de la Generalidad y constituir un Comité revolucionario que dirigiese la guerra
contra el fascismo. Era un paso decisivo hacia la insurrección revolucionaria,
que estalló el 3 de mayo.
Esta
radicalización era fruto de una situación cada vez más insostenible en la
calle. El 14 de abril, una manifestación de mujeres, que esta vez no estaban
manipuladas por el PSUC, partió de La Torrassa para recorrer los distintos
mercados de Collblanc, Sants y Hostafrancs, protestando por el precio del pan y
de los productos alimenticios. Las manifestaciones y protestas se extendieron a
casi todos los mercados de la ciudad. En días posteriores se reprodujeron, con
menor virulencia, tumultos y manifestaciones en diverso mercados. Algunas
tiendas y panaderías fueron asaltadas. El hambre de los barrios obreros de
Barcelona había salido a la calle para manifestar su indignación y exigir
soluciones.
Recapitulemos lo
que hemos dicho, esto es, cuáles era los fundamentos económicos y políticos de
la guerra del pan:
Un abastecimiento
racional, previsor y suficiente de Barcelona, y Cataluña, hubiera supuesto
ceder a las pretensiones del Consejero de Economía cenetista, Joan Pau
Fábregas, que batalló inútilmente de septiembre a diciembre de 1936, en las
reuniones del Consejo de la Generalidad, por conseguir el monopolio del
comercio exterior, ante la oposición del resto de fuerzas políticas. Mientras
tanto, en el mercado de cereales de París, diez o doce mayoristas privados
catalanes competían entre sí, encareciendo las compras. Pero ese monopolio del
comercio exterior, que ni siquiera era una medida de carácter revolucionario,
sino sólo apropiada a una situación bélica de emergencia, atentaba contra la
filosofía del libre mercado, propugnada por Comorera.
Había una relación
directa entre las colas del pan en Barcelona y la irracional competencia de los
mayoristas privados en los mercados europeos de cereales, armamento o materias
primas. Es muy curioso que la historiografía oficial subraye que el 17 de
diciembre de 1936, tras una crisis de gobierno provocada por el PSUC, se
expulsó del Gobierno al poumista Nin, por su denuncia del estalinismo; pero en
cambio apenas comenta que también se expulsó al cenetista Fábregas, impulsor
nada más y nada menos que del Decreto de Colectivizaciones y Control Obrero,
aprobado el 24 de octubre.
La salida de
Fábregas del Gobierno supuso que ese Decreto de Colectivizaciones no sería
desarrollado por su impulsor, sino por Tarradellas y Comorera, que lo
desvirtuaron y manipularon hasta lo inimaginable, convirtiéndolo en un
instrumento de dominio de la economía catalana, y de todas las empresas
colectivizadas, por la Generalidad. La Generalidad podía nombrar un omnipotente
interventor-director a su gusto, y sobre todo tenía el poder de hundir a
aquellas empresas díscolas o reacias a someterse, mediante la retirada de la
financiación para pagar salarios o comprar materias primas, sin las cuales las
empresas se veían abocadas a una total parálisis.
La eliminación de Fábregas supuso además la desaparición
del principal defensor de establecer ese necesario monopolio del comercio
exterior, que fue sustituido por el libre mercado. Comorera tenía vía libre
para imponer la dictadura de los tenderos, enriquecidos con el hambre de los
trabajadores.
El programa
estalinista, fundamentado en esa defensa de los intereses burgueses, y en la
defensa de un Estado fuerte, capaz de hacer cumplir los decretos y de ganar la
guerra, convirtió al PSUC en la vanguardia de la contrarrevolución.
El hambre y el
desarme eran los dos objetivos de la contrarrevolución para aplastar a los
trabajadores revolucionarios de Barcelona. El PSUC tuvo un cooperador
imprescindible en los comités superiores cenetistas.
Conclusiones
La pugna entre el
PSUC y la CNT, de diciembre de 1936 a mayo de 1937, fue un conflicto
ideológico, pero ante todo el enfrentamiento de dos políticas opuestas de
abastecimiento y gestión económica de la gran urbe barcelonesa.
Comorera, desde
la Consejería de Abastos, priorizaba el poder del PSUC al abastecimiento del
pan o la leche a la ciudad de Barcelona. Mejor sin pan ni leche, que un pan y
una leche suministrados por sindicatos de la CNT. Hambre y penurias de los
barceloneses eran el precio a pagar por el incremento del poder del PSUC y de
la Generalidad, en detrimento de la CNT.
El hambre de los
trabajadores fue causada por la maniobra consciente de los partidos burgueses y
contrarrevolucionarios, desde ERC hasta el PSUC, para debilitar y derrotar a
los revolucionarios. A ese proceso le hemos denominado guerra del pan.
El desarme de los
trabajadores era el objetivo fundamental de esos partidos. También los comités
superiores libertarios vieron en los comités de barrio a sus peores enemigos,
cuando éstos se negaron a acatar los decretos de desarme pactados con el
gobierno.
A finales de
abril, los comités revolucionarios desbordaron a los comités superiores
cenetistas. La insurrección de los trabajadores, en Mayo de 1937, no fue
derrotada militarmente, sino políticamente, cuando los líderes anarcosindicalistas
dieron la orden de alto el fuego.
El hambre y el
desarme eran los dos objetivos necesarios para el inicio del proceso
contrarrevolucionario, que desencadenó toda su fuerza represiva contra los
militantes cenetistas y las minorías revolucionarias en el verano de 1937.
Agustín Guillamón
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